Renfe Barcelona Paris

Seducido por las múltiples ventajas que ofrece viajar en tren, me dispuse a vivir un fin de año mágico y diferente en la mejor de las compañías. Animado por la promesa de una noche de verano, decidí sorprender a alguien muy especial, haciendo realidad una de sus ilusiones, viajar juntos. Lejos de quedarse meramente en lo anecdótico o en poco más que palabras acompañadas de buenas intenciones, me puse manos a la obra y lo dispuse todo con el propósito de alargar lo máximo posible cada uno de los segundos que compartiríamos en nuestra primera aventura. Teniendo en cuenta nuestros gustos y aficiones, el destino no podía ser otro que París, ciudad de la luz y del amor. Fervientes enamorados de los mil y un escenarios vinculados con el arte, la moda y el diseño que la ciudad nos ofrece, tardamos poco en ponernos de acuerdo a la hora de elegir destino.

Buscando una original propuesta que escapase de lo convencional establecido por estas fechas y harto de tener que soportar interminables colas en agotadores controles de seguridad de aeropuertos de medio mundo, opté por la que es sin duda, una solución mucho más rápida y cómoda para todos, la de viajar en tren de alta velocidad. Leyendo detenidamente la pagina web de Renfe descubro que del mutuo acuerdo con SNCF en 2013 surgió una alianza estratégica que hizo posible la primera conexión internacional directa entre Francia y España a precios asequibles y contando con un sinfín de comodidades que un avión, por motivos seguridad, no puede igualar. Pese a que que la duración del trayecto es de casi cuatro horas superior a la del mismo desplazamiento por aire, el ritmo es muchísimo más pausado y todo transcurre de manera más relajada. Sólo el hecho de evitar pensar en estrictos controles y normas sin sentido para el ciudadano de bien y orden de a pie, ya merece la pena.
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De los veinte trenes de alta velocidad que posee la flota, tanto la francesa como la española, elegimos el Euroduplex, un tren de aspecto ergonómico y aerodinámico de dos plantas que sorprende y seduce a partes iguales, tanto por su envergadura como por su capacidad, 509 plazas, repartidas en ocho vagones de los cuales tres pertenecen a la clase preferente, cuatro a la clase turista y uno en el que se emplaza el restaurante. La comodidad y amplitud de sus asientos y la toma de corriente que acompañan a cada uno de ellos, nos hacen sentir como en casa. Atrás quedó aquello de ir encogido de piernas teniendo que aguantar estoicamente todo el trayecto sin derecho a rechistar.

Una de las ventajas que más nos sorprende de viajar en clase preferente es la de tener acceso a la Sala Club, sin coste adicional alguno en territorio peninsular y poder disponer de servicio de parking gratuito. Para aquellas personas que pasamos más horas en el aire que en la tierra, nos llama soberanamente la atención el hecho de poder viajar con nuestro neceser al completo sin preocuparnos lo más mínimo, en el total de la suma de mililitros de nuestros básicos imprescindibles para poder llevar a cabo, con éxito, nuestro ritual de belleza diario. La tripulación es muy amable y durante todo el trayecto se preocupan y muestran interés por nuestro bienestar.
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Al llegar a Marsella termino de leer el catalogo de la exposición retrospectiva sobre los setenta años de la prestigiosa firma francesa Christian Dior que hasta el próximo 7 de enero podrá visitarse en el Museo de las Artes Decorativas. Tras contemplar desde mi ventanilla el maravilloso paisaje que a modo de telón de fondo nos ha acompañado desde que partimos, conecto mi Ipad para conocer y saber un poco más acerca del Banke, el hotel de cinco estrellas, perteneciente al grupo hotelero español Derby Hotels Collection en el que nos alojamos durante nuestra estancia. Pese a que el viaje no se me hizo largo ni a la ida ni a la vuelta, debo de reconocer que me moría de ganas por conocer el hotel y vivir la experiencia en primera persona.
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Al llegar al Gare de Lyon se anunciaba por megafonía la entrada de nuestro tren, tanto en francés como en español. Al salir, un amable chófer aguardaba a nuestra llegada con un discreto cartel con nuestros nombres, apellidos y el logotipo de la cadena hotelera. El tráfico aquel día era fluido, hecho que ayudó a que llegásemos en poco más de quince minutos.

Situado en el corazón de la ciudad y con vecinos tan ilustres de la talla de la Ópera Garnier o las Galeries Lafayette, emerge el Hotel Banke, un regio edificio de estilo neoclásico de principios del siglo XX, considerado uno de los máximos exponentes de la etapa de consolidación de la trayectoria profesional de los célebres y laureados arquitectos franceses Paul Friese y Cassien Bernard. De su impecable arquitectura seduce el ritmo de la disposición de sus distintos elementos, los claroscuros que producen estratégicos relieves y la majestuosidad del ornamento de su planta noble. Su interior es un diamante en bruto cuya estética aúna tradición y vanguardia por un lado y funcionalidad y arte por otro. Con obras de conocidos artistas contemporáneos de la talla de mi gran amigo, el escultor, Eladio de Mora, dEmo Artist, se ambientan estancias ideadas para el confort y el deleite de los cinco sentidos. El broche de oro es puesto por estudiadas aportaciones estructuradas del inigualable Gustave Eiffel.
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Una vez hecho el check-in un amable botones nos condujo hacía nuestra habitación, la Suite Rouge. Al abrirnos la puerta, se revelaba ante nosotros un preciosista universo de nuevas sensaciones. El aroma que desprendía un precioso ramo de rosas de bienvenida nos marcó el camino a seguir como quien pasea tranquilamente por un hermoso jardín de invierno. La policromia en pan de oro que realza las cornisas y los marcos de los espejos definen con acierto el perímetro de cada una de las dependencias que conforman los 42 metros cuadrados de sofisticación, comodidad y glamour en el que nos encontramos. El tapizado capitoné en piel blanca de algunos de los muebles, el cabecero de la cama y su dorsal se encarga de hacer el resto, aderezando el ambiente con buen gusto y acierto. Una chimenea de mármol, originaria del edificio, se encarga de marcar un punto de inflexión entre la armonía imperante entre el parquet, el mobiliario y la fuerza del rojo que recubre las paredes. Una vez deshecha la maleta y ordenado el vestidor me dispuse a darme un baño antes de cenar.
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De la amplía oferta gastronómica del hotel nos seduce uno de sus menús navideños. Teniendo en cuenta todos y cada uno de los gustos y preferencias personales de sus huéspedes y comensales elaboran sofisticadas y completas fórmulas gastronómicas con los que satisfacer todo tipo de paladares. El Salón Banke Banquet destaca por la homogeneidad de la integración del mobiliario con el menaje y la mantelería, como si de los dominios de la Reina de las Nieves se tratase, el blanco lo cubre todo con su manto dejando ver tan sólo un conjunto de columnatas que emergen de la nada a modo de bosque los primeros días de la primavera.
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Nuestra sinfonía de sabores da comienzo con una selección de verduras al estilo Hellene. De la coliflor destaca un tono malva producido tras infusionarse en remolacha durante unos minutos.
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Un clásico intemporal que traspasa todo tipo de fronteras, tanto gastronómicas como culturas es el pulpo a la gallega. Presentado al rededor de un jardín de patata se reinventa sobre un lecho de pimentón.
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La pechuga de poularda de granja sorprende tanto por su presentación como por el equilibrio en el constraste del uso de sus ingredientes.
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Un cuarteto de pralinés de otoño en sus distintas texturas llevan a nuestro paladar a llevar a cabo un intenso viaje a través del cacao.

Con una copa de champagne Perrier Jouet y un apasionado beso brindamos por el nuevo año, sellando una etapa y abriendo otra, poniendo el punto y final a una de las noches más mágicas de año.

Para más información acerca de las distintas opciones de menús navideños disponibles en todos los establecimientos de la cadena:

http://www.derbyhotels.com/hoteles/hotel-banke/eventos-1/cenas-de-navidad-1/
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Lejos de quedarnos descansado el día 1 de enero, bajamos al buffet a desayunar a primera hora de la mañana y tras despedirnos del simpático conserje que nos abrió la puerta, nos dirigimos rumbo hacía el Museo de las Artes Decorativas, espacio que alberga una exposición retrospectiva que aúna el talento y la singularidad de los distintos maestros de la aguja que han dirigido artísticamente la prestigiosa firma de moda Christian Dior. Desde el fugaz paso de un joven Saint Laurent, hasta el polémico y excéntrico Galliano pasando por el encanto discreto de Bohan, el talento innato de Ferré o la genialidad de Chiuri. Para nuestra sorpresa hay una cola inmensa que rodea todo el perímetro de la nave central del edificio y nos vemos obligados a permanecer de pie durante casi dos horas.
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Tras la espera y traspasar el umbral que delimita los dominios entre lo mundano y la supremacía de la excepcionalidad del universo creativo de uno de los mayores iconos de Francia comienza el espectáculo.

Un panel de iluminación LED recrea a escala real la fachada del primer edificio de la Avenue Montaigne que abrió el modisto en 1947. A modo de bienvenida, la maison abre sus puertas para compartir con el mundo la magia que desprenden todas y cada una de las creaciones expuestas.
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Al subir la escalinata el visitante se sumerge de pleno en lo más profundo de la filosofía creativa de una de las más legendarias casas de moda de todos los tiempos. Un recorrido a través de las distintas temáticas que durante años han servido de hilo conductor e inspiración a la hora de asentar las bases de un revolucionario estilo que marcó un antes y un después en la historia de la moda.

Una puesta en escena sublime, transporta al espectador a cada uno de los desfiles donde fueron presentados cada uno de los vestidos expuestos. Algunos de los allí presentes nos emocionamos al contemplar tanta belleza mientras desde nuestro corazón sonaban algunas de las melodías de de los desfiles que desde la pantalla de nuestro ordenador hemos reproducido hasta aprender de memoria.
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Al final del recorrido un baile de gala homenajea la presencia de los miles de invitados que cada día pasan por cada una de las salas, trasladándolos a un tiempo de esplendor y gloria pretéritos, el de la corte de Versailles. Cientos de proyectores permanecen ocultos a la vista del espectador transformando la gran nave en la galería de los espejos del mítico palacio, haciéndoles sentir como al mismísimo Louis XIV en su corte.

Decenas de icónicos vestidos que en su día lucieron celebridades de la talla de Lady Di, Kim Kardashian o la Princesa Margarita y otros como el que inspiró en su día a la mismísima Naoko Takeuchi a la hora de crear el personaje de la Reina Serenity en su obra maestra Sailor Moon, se despiden con cariño, diciendo adiós con recelo y expectantes.

Llegados a este punto nuestro viaje llega a su fin, aguardando a la espera de que a nuestra llegada todos y cada uno de los maravillosos momentos vividos, permanezcan durante la eternidad en lo más profundo de nuestro corazón.
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